Base filosófica de la Medicina Antroposófica

La sólida base científica a la que se refiere el párrafo anterior es el conocimiento exhaustivo de las leyes de la materia, pero como queda explícitamente reconocido en dicho párrafo no basta para el ejercicio de la Medicina. Lo que quiere decir que hay que levantar la cabeza por encima de los meros procesos físicos y químicos para comprender la naturaleza de la salud y la enfermedad, características comunes de todo proceso vital. La vida es perceptible, Y ha de ser observada allí donde se dan sus fenómenos. Puesto que la vida está en lo vivo, el médico – artista y científico a la vez- ha de mirar, permanentemente en su dirección. Hacia dentro y hacia fuera de lo vivo: por tanto, no sólo hacia lo que lo constituye y estructura (cuerpo), sino también hacia lo que lo anima (alma) y hacia lo que lo origina (espíritu). Sólo ahí comienza una imagen completa del ser vivo, en este caso del hombre vivo. Y sólo ahí pueden iniciarse un arte y una ciencia de curar completas.


Las materias básica as de los estudios reglados de la Medicina moderna- Anatomía, Histología, Bioquímica, Fisiología – fundamentan un modo de observación que da lugar a una inagotable fuente de equívocos. Sus principios, ya sean mostrados en la laboriosa disección de las estructuras corporales, en la muestra de tejido, en la estructura química in vitro de una sustancia o en un experimento sobre el impulso nervioso, están basados en el estudio de lo inorgánico. Extrapolarlo al mundo orgánico, y, más aún, de lo orgánico animado e insuflado de espíritu, es una quimera, un autentico y doble error en el pensar. El primer error consiste en estudiar el cadáver para comprender lo vivo. El segundo, en extrapolar al vivo las leyes de lo muerto. Y tan cadavéricas son la sustancia química en un tubo de ensayo o el experimento fisiológico en medios artificiales como la muestra histológica desecada o el cuerpo que se tiende sobre la mesa de disección.



La Ciencia Espiritual, en la que se basa la Medicina Antroposófica, no reniega de las ciencias naturales. Colabora con una epistemología de lo exacto, en la que los diferentes ámbitos de lo fenomenológico sean abordados con sus particulares principios y, puesto que dichos ámbitos están relacionados, se establezcan también con exactitud tales relaciones.



El cuerpo, el componente mineral del ser humano, está sometido a las leyes de la materia. Pero el alma y el espíritu se mueven en niveles donde rigen principios anímicos, en el primer caso, o espirituales, en el segundo. Sólo con tener esto presente estamos en disposición de ver con claridad el verdadero orden causal. Es decir, que el espíritu crea la materia y se relaciona con ella a través de lo anímico, verdadero puente entre los fenómenos sensibles y los no sensibles, y no al revés como pretende el doble error al que no referíamos en párrafos anteriores. Si existe un solo método de observación, si se establece para comprender la abigarrada fenomenología natural la competencia exclusiva de un corpus cognitivo, es lógico que este predomine y se imponga con su pensar implícito a todo otro modo de conocer. De esta manera, la extrapolación de las leyes inorgánicas a las orgánicas ha creado el espejismo de pretender buscar las causas en el mundo de los efectos. Así, lo superior es intentado ser explicado por lo inferior, el todo por la parte. Dicho de otro modo, cuando lo dinámico es intentado ser explicado a partir de lo estático, cuando lo suprasensible-como es, por ejemplo, el caso de la conciencia o el pensar- es intentado ser aprehendido desde lo sensible, asistimos necesariamente a una modelización abstracta y falsa del conocer que desemboca siempre en una “cosificación” de la idea.



A lo largo de las últimas décadas, la investigación en biología molecular, en la que reposa gran parte de la medicina vigente, ha intentado resolver el enigma de la individualidad humana reduciéndolo a la estructura de los genes y sus mecanismos. Es, por el momento, la última etapa de un largo camino reduccionista que empezó con la célula como interlocutora de nuestro afán por resolver dicho enigma. La incapacidad de una respuesta definitiva por parte de esta amable unidad funcional de nuestro misterioso organismo no nos salvó, sin embargo, de seguir preguntando a sus fragmentos constitutivos, y seguimos obcecadamente indagando en el subsensible mundo de los cromosomas y las mitocondrias hasta creer encontrar en ellos el lugar encantado, la morada donde residía la idea del gen. Sólo con mirar este proceso, como una idea, que es suprasensible, precede al objeto, que es sensible, encontraríamos las fuerzas para revertir el proceso cognitivo que nos propone el mecanicismo. Pero falta un verdadero método critico de razonamiento de la ciencia natural, sólo sometido a prueba por la infatigable inasibilidad de los hechos. Así se creó la quimera que fue durante décadas el lema de la biología molecular “un gen, una proteína” y sobre la que se sustento el proyecto que se pretendía definitivo para resolver el enigma de la existencia; el mapa del genoma. Las primeras estimaciones, que auguraban en torno a 300.000 el número de genes humanos, preveían una ardua tarea, pero merecía la pena si la meta era tan promisoria. Hecho el computo final, los apenas 20.000 o 30.000 instrumentos básicos de la compleja orquesta que es el organismo humano no pueden, por su sola objetualidad, explicar las variadísimas interrelaciones entre ellos, la labilidad de sus productos o frutos y la ubicuidad de sus leyes. Cuando creíamos que los teníamos bien sujetos, los genes se nos escurren entre los dedos. Bienvenido el estudio ahora del transcriptoma y del ambioma, que nos descubren el camino de las relaciones entre las partes y no de la unigénita voluntad del objeto aislado de la entidad total que le da unidad y sentido.





*Harrison. Principios de Medicina Interna. Vol. I. Pág 1 .Ed. Mc Graw-Hill. 14º Edición



 

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